Este fin de semana he ido de
viaje a Sepúlveda, un pueblo pequeño y acogedor situado en Segovia.
A este lugar he viajado para
desconectar de lo cotidiano, del día a día monótono, y ¿por qué no? Del ajetreo
de Madrid que en mas de una ocasión agobia, por lo menos a mi.
He visitado cada esquina y cada
rincón de este pueblo; me he imaginado como era otras épocas. Pero enseguida mi
imaginación se ha visto interrumpido por una casa, pequeña, tranquila. Lo que
mas destacaba de esta casa eran las vigas de madera que estaban a la vista de
los visitantes, el calor del horno de leña que te arropaba nada más entrar, el
olor a madera quemada y a cordero recién hecho que estaba en el aire.
Una cosa en este pueblo me ha
hecho sentirme pequeña; el recordar que ya había estado en Sepúlveda cuando
apenas tenía cuatro años. He sido capaz de recordarlo cuando me he asomado a la
ventana del restaurante El Figón de
Ismael y he visto una imagen de invierno, de ese invierno en el que te
calientas las manos con un tazón de chocolate recién hecho, me ha gustado esa
imagen que podía ver por encima de todos los tejados de las casa sepulvedanas.
Donde hemos comido El Figón de
Ismael, nos han tratado muy bien, la comida era exquisita y tradicional.
Algunos de los platos que hemos
pedido han sido: Cordero asado con ensalada y de postre Ponche de Segoviano,
que a mi me ha encantado porque me encanta el dulce.
SEPÚLVEDA
CALLEJEANDO POR SEPÚLVEDA
CORDERO ASADO
PONCHE SEGOVIANO


No hay comentarios:
Publicar un comentario