martes, 12 de octubre de 2010

LA ESPERA

Desde mis ojos de cría veo cómo una mujer viene siempre al puerto de Muxía de mi lugar de origen, no sé por qué viene, pero cada tarde que el sol se esconde entre el horizonte, ella viene y mira allí donde el cielo y el mar se unen, donde no se sabe dónde empieza uno y dónde acaba el otro.

Yo voy cada día con mi madre al mercado, ella me coge de la mano y habla y habla conmigo, sin parar, mientras que yo la miro como si fuera la mujer más bella y elegante que es para mí.

Y esa mujer, cada tarde está allí, haga frío o calor. Está allí mirando siempre al mismo punto, situada en el mismo lugar, viendo cómo cada barco salía y entraba del horizonte; La última vez que la vi tendría yo unos trece años, iba igual que lo años anteriores, al mismo sitio, tranquila y con la cara llena de esperanza. Esta vez, entre las manos, llevaba unos papeles amarillentos de tantas veces que los ha podido leer. Leerlos y volver a leerlos, una vez detrás de otra, de tal forma que se los había aprendido de memoria.

El sol estaba ya en otro lugar cuando esta mujer se arrodilló en el húmedo suelo que le servía de espejo para verse su fino rostro en los charcos de gotas de lluvia que había a su alrededor. De rodillas, tal y como estaba, estiró la mano y soltó los papeles, las letras perdidas, allí donde todos líos días iba, allí donde su corazón, cada día, se había roto un poco más cada vez. Me acerqué a la orilla para ver de qué se trataba lo que estaba viendo y vi que eran unas cartas de alguien que amaba el mar , mar que estaba haciendo que la tinta se perdiera en él. La mujer levantó la cabeza, me vio asomarme y me sonrió, me acarició una mejilla con la mano y se fue de allí, sin esas cartas que quizás fueran de su amor. Yo miré con el ceño fruncido las cartas hasta que se hundieron, torcí la boca y  miré al horizontes hasta que vi un gran barco. Sus velas se movían al son del viento marino. Observé con cuidado cómo se mezclaban con la nubes blancas que se iban oscureciendo poco a poco.

Pensé que la mujer no iba a perder nada por ver si ése era el barco que esperaba, seguí sus pasos corriendo tan deprisa que mis mejillas, con cada paso que daba, se enrojecían. La vi al final de la calle y corrí tanto como mis piernas me lo permitían. Llegué hasta ella, cogí su mano y tiré de ella hacia al puerto. Pero ella negó con la cabeza y con los ojos, le quité un pequeño bolsito que llevaba y corrí como alma que lleva el diablo. Cuando llegué hasta el puerto apenas podía respirar bien y noté cómo mi corazón iba mas rápido de lo normal. Al momento vi que ya se acercaba la mujer, lentamente, mirando a donde señalaba mi pequeña mano. Ella se acercó a mí, estábamos tan cerca que yo podía oler el olor de jazmín que provenía de su perfume que seguramente le habían traído de Las Indias.

Vi, quizás, un poco más de ilusión en los ojos de ella, una última pizca de esperanza que flotaba en sus ojos, mientras ella miraba al mar.

El barco cada vez estaba más y más cerca, de tal forma que los marineros estaban recogiendo las velas y preparando el amarre. Fue entonces cuando un hombre, con la tez oscura, descendió lentamente de ese majestuoso barco. Ella se acercó a él y él se fue aproximando lentamente a ella. Los dos debieron pensar que no eran reales porque se tocaron la cara pensando que eran un fantasma. Él recogió las lagrimas de ella una a una y ella movió la cara hacia la derecha y le dio un cálido beso  en la mejilla y cogiéndole de la mano se alejaron en silencio, perdiéndose en la lejanía.

 

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